
¿Qué significa esto para la gente que vive con lo justo, para el pequeño comerciante y para la ama de casa? Que detrás de las cifras hay una economía que necesita cada vez más dólares para comprar afuera, mientras produce y exporta muy poco más. Y si las remesas comienzan a caer, el problema puede terminar golpeando directamente los precios, el empleo y el consumo familiar.
Exportaciones estancadas, importaciones disparadas
Los datos muestran un deterioro acelerado del comercio exterior salvadoreño. En 2019 el país exportó $5,905 millones e importó $11,604 millones, con un déficit comercial de $5,699 millones. Seis años después, las exportaciones apenas aumentaron 8.8%, hasta $6,486 millones, mientras las importaciones crecieron 54%, llegando a $17,848 millones. El déficit prácticamente se duplicó hasta alcanzar $11,420 millones. En términos simples: El Salvador compra al mundo mucho más de lo que logra venderle.
El enorme papel de las remesas
La diferencia se sostiene, en buena medida, gracias a las remesas familiares. Desde 2020 estas crecieron 77% y en 2025 rozaron los $10,000 millones. Es decir, una parte fundamental de los dólares que permiten financiar las compras externas no proviene de mayores exportaciones ni de una economía productiva más fuerte, sino del dinero enviado por salvadoreños que trabajan en el exterior. Por cada dólar generado mediante exportaciones salen aproximadamente $2.75 en importaciones. Para un pequeño comerciante o una familia de bajos ingresos, esto significa una economía altamente vulnerable a cualquier reducción del dinero que llega desde fuera.
¿Qué pasa si las remesas comienzan a caer?
El riesgo aumenta en 2026. Durante el primer semestre, las exportaciones crecieron apenas 2.7%, frente a un aumento de 11.6% de las importaciones, llevando el déficit comercial cerca de $6,000 millones. Al mismo tiempo, las remesas muestran señales de menor crecimiento, incluso con una caída de $20 millones en junio. Si las políticas antiinmigrantes de Estados Unidos reducen significativamente las remesas, el impacto podría sentirse rápidamente en la economía salvadoreña: menos capacidad para importar alimentos, maquinaria y materias primas, menor producción, presión sobre los precios y más desempleo. El problema ya no sería solamente comercial: terminaría llegando directamente al bolsillo de las familias.
